Edición 669 - Desde el 22 de agosto al 4 de septiembre de 2008
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Un espectáculo no es sólo fiesta. Hay señales inmediatas, directas, que conforman la celebración, la diversión, el juego. Son las que impactan. Pero hay otras profundas de lenta asimilación, que permanecen en el tiempo, se proyectan al futuro. Son representaciones pesadas, persistentes, que modelan el presente y perduran. La inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing, aplaudida por un occidente que observó deslumbrado el espectáculo, ha sido un gran mensaje, una multiplicidad de señales rizadas, superpuestas, orientadas a miles de millones de espectadores. Orientada a los consumidores, al mercado, a los gobernantes, a las grandes instituciones, a la instalación de una imagen de la China del siglo XXI en el imaginario colectivo mundial: China, superpotencia del siglo y no sólo el taller del planeta.
Los comentaristas más variados han coincidido en que se trataba del mayor espectáculo de esta naturaleza jamás realizado, jamás visto. “Gala tecnológica”, “majestuoso”, “increíble”, “fenomenal”, “virtuosismo”. La prensa de occidente no escatimó elogios. Y no podía haber sido de otro modo: el espectáculo era para ellos, para la televisión, para los medios. Una gran fiesta que buscó y consiguió la fascinación colectiva, a la vez de instalar esa multiplicidad de señales culturales, históricas, políticas y económicas bajo un mensaje que combinaba el poder con la eficiencia, la alta tecnología con la historia.
Occidente ha simplificado el mensaje hasta el extremo. Evalúa el sistema político-económico chino bajo una premisa dual: libertades cívicas versus economía de mercado. Elogia el mercado globalizado, pero impugna restricciones a ciertas libertades, como el acceso a Internet, a la libertad de información, a la autodeterminación de los tibetanos, a las condiciones laborales de los trabajadores chinos. Una serie de reclamos que bien podrían aplicarse a los procesos fabriles de cualquier país del tercer mundo. Discursos que vienen de occidente cuando ha sido precisamente occidente, los grandes capitales occidentales, quienes se han beneficiado de la mano de obra china, cuando el problema de la autodeterminación cruza la política interna de otros numerosos Estados.
El elogio que occidente hace a China es sólo uno. Su acogida del libre mercado, del neoliberalismo, del proceso mundial de producción y consumo: su occidentalización. Elogia su función como gran productor de bienes de consumo baratos, de importador de materias primas, como gran fábrica planetaria. Occidente elogia a China como el gran replicador y reproductor, por sus líneas de montaje masivas, por su capacidad de acumulación de capital. Siempre por su asomo a occidente, por su apertura a los mercados. Occidente no elogia a China por su cultura, su historia, su sabiduría. Lo hace, podemos afirmar, por interés propio. Simple vanidad: el asombro hacia China es por su “modernización”, por la asimilación que ha hecho de los valores de occidente.
El mensaje olímpico chino ha ido en una dirección totalmente opuesta a esta interpretación occidental. La alta tecnología, la eficiencia, el poder y la creatividad se desplegaron en función de su cultura y de su historia. En función de su pueblo. La fiesta de inauguración fue una mixtura entre un ritual religioso y guerrero, de bailes tradicionales con masivos actos políticos, con la imaginería de filmes fantásticos de ciencia ficción. Se hundió en las profundidades de la historia del más lejano oriente. Y occidente sólo pudo observar…y admirar. Referencias a un pasado no mítico, sino histórico, y referencias, que eran proyecciones, a un futuro que es la natural extensión del presente. En ambas referencias, China es la gran protagonista. Porque el futuro, y ésta es una de las más asentadas interpretaciones de occidente, está hoy modelado desde oriente. El mundo del futuro, pudimos ver, iluminado por una gran lámpara china. El mundo del siglo XXI ha despertado en China.
Es este el centro del mensaje. Pero hay muchos otros. No sólo es la alta tecnología presente y extendida, pero casi invisible. Es la organización, la eficiencia. Tal vez de corte orwelliano. Es la disciplina; la homogeneidad dentro de la diversidad es poder -hubo un desfile de las diferentes etnias-: mil 300 millones de habitantes, un sexto de la población mundial. Nada de ello pasó inadvertido. El mensaje es evidente.
Pero la esencia de los modernos juegos olímpicos está en el comercio, en el libre comercio. Como los torneos de fútbol, de tenis, de golf, es el gran escaparate para lanzar nuevos productos deportivos y otros servicios. Pero va mucho más lejos. Visa, la empresa de tarjetas de crédito, que es una de las doce principales patrocinadoras del evento, ha pagado casi 900 millones de dólares junto con Swatch, Volkswagen, Coca Cola y General Electric para cubrir de forma exclusiva el evento. El interés de un negocio mutuo entre los organizadores y patrocinadores, entre avisadores y productores, se expresa no solamente en los juegos, sino en el espíritu de la globalización. Comercio, libre mercado globalizado. Comercio, finanzas, consumo. El paradigma ya trazado para el siglo XXI.
Naomi Klein en la Doctrina del Shock narra la transición de China hacia el libre mercado, hacia el neoliberalismo de Milton Friedman. Está tal vez aquí el gran nudo, la gran complejidad, la borrosa comprensión que surge al observar una imagen de Mao junto a un logotipo de Visa, de Coca Cola, de Volkswagen. La dificultad para comprender el espíritu de la China moderna radica posiblemente en este ambiguo concepto del socialismo de mercado: a quiénes el socialismo, a quiénes el mercado. Una ambigüedad, una complejidad, que encierra no pocas contradicciones

PAUL WALDER
(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 669, 22 de agosto, 2008)

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