Punto Final, Nº 763 – Desde el 3 al 16 de agosto de 2012.
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Nadie engaña a la señora Juanita

Casen, o mejor dicho “cacen” a otro incauto. Pero no a ese que por nacer sin herencia ha tenido que vivir con las migajas de una gran panadería donde el pan se enmohece y pone duro en los escaparates, a vista y paciencia de los hambrientos. A la señora Juanita no se le engaña. Ella sabe bien lo que cuestan los huesos carnudos y la harina, el té La Rendidora, la manteca. Conoce cómo ha subido el kilo de papas y la chuchoca. Tiene los mismos problemas -aunque seamos nación de la OCDE- de los pobres narrados por Recabarren.
Ella sabe, ella entiende, aunque no sepa ni un rabo de estadísticas, que la Casen miente, que mienten los políticos y que los empresarios son la misma clase avara que le ha arrebatado su bienestar y su identidad al jugar con ellos como si fueran dóciles perros galgos, que entre más flacos más útiles para correr en su miserable carrera por subir en las encuestas. Porque los pobres son capital político, son discurso de sandía calá, son razón de existir de la Iglesia y de toda institución que por medio de la ley viola el derecho humano a vivir en igualdad, eslógan que recordarán -por supuesto- y que hizo suyo el tótem concertacionista, Lagos Escobar.
Los pobres existen y continuarán existiendo para el beneficio de los ricos que a todo evento les sacan provecho.
Los pobres de Chile en su ignorada ignorancia viven sin recurso alguno, ya que todos, partiendo por los naturales, han sido robados por la clase dominante a vista, paciencia y colaboración del Estado, que privilegia y propicia el acaparamiento y concentración de las riquezas en un evidente afán de mantener y promover la sociedad de clases.
La sencillez es respetable, y siempre lo ha sido. No así la miseria. ¿Pero dónde está la miseria? Quien perdió el respeto al charquicán es quien reprodujo la desesperación y el asco. Ahí, en los débiles que cayeron en el robo suntuario e institucionalizado, en la burguesía burócrata que da órdenes de allanamiento a las comunidades mapuches, en esos, los soldados del ejercicio del miedo a sí mismo, radica la verdadera miseria. Y todo lo que de ahí provenga, aunque creyéndose bueno, filantrópico, caritativo, solidario, no es más que la mascarada del demonio capitalista que ha destruido al ser humano y todo habitáculo, toda memoria, toda dignidad.
La señora Juanita lo sabe, y prefiere ser honesta. Quizás sus hijos presos de la única educación posible, la del consumo, se han especializado en el oxicorte, la estafa telefónica y el alunizaje, pero en realidad ahí no está la verdadera pobreza, esa que tan bien ha sido retratada por la obra de Radrigán: esa incapaz de rebajarse, de ensuciar sus manos con venta de droga, esa que tiene cara de mujer, de niño entibiado frente a un brasero, de hombre de manos con olor a tierra, que trabaja como buey por un sueldo de hambre.
La pobreza sí tiene dignidad, porque no se ha vendido al deseo feroz de antropofagia. Sin embargo, no por haber tenido más suerte y venir de una casta que ya lleva su segunda generación con zapatos debemos aceptar su realidad. Hay que luchar para acabar con la justicia estratificada, esa plataforma discursiva de los poderosos que, mediante la mismísima Carta Magna, han postulado la economía maléfica, provocando que aunque crezcan mágicamente hamburguesas con queso doble en el desierto, que llueva café en el campo y caiga un aguacero de yuca y té, exista la señora Juanita y el hambre de todos sus hijos, hijas y nietos, que la han condenado a la soledad y al desequilibrio. Esa es la miseria que debemos combatir. Esa artificiosa que surge del egoísmo bizarro de quien innaturalmente prefiere botar la comida antes de repartirla, que prefiere la máquina al ser humano, y en definitiva siempre escoge la muerte por sobre la vida.
Por eso “cacen” a otro incauto. Sabemos muy bien que esos numeritos no hablan y pueden ser torturados en el silencio de una oficina pública para el deleite de este malgobierno, que como el anterior se empeña en manifestar abiertamente su burlesque mediocre e indignante.

Karen Hermosilla

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 763, 3 de agosto, 2012)

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